Cuenca: de menos a más

por nicobonder
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Itinerario Sudamérica

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La salida de Perú y el arribo a Cuenca nos trajeron nuestros primeros dolores de cabeza serios en el viaje. Por suerte la mala racha duró poco y la onda del viaje cada vez mejora un poco más.

Cuando quisimos salir de Perú nos enteramos que teníamos que pagar una multa por habernos excedido 8 días en lo que dijimos que íbamos a estar (se paga 1USD por día, así que conviene siempre decir de más). Para abonarla teníamos que ir al pueblo más cercano, que está como a 20 minutos. Salimos tan caliente de migraciones que al taxista que nos ofreció llevarnos Lu le contestó re mal y el tipo terminó ofreciendo llevarnos gratis. Pagamos en el banco y después queríamos llegar caminando hasta la ruta para hacer dedo y en una esquina un señor nos hace seña que no siguiéramos por donde íbamos y vimos policías a media cuadra, entonces fuimos hasta donde estaba el señor y le preguntamos qué pasaba. Nos dijo que no fuéramos por esa calle porque era demasiado peligrosa y le preguntamos por qué había policías, nos contó que unos sicarios acababan de matar una vecina y que unos días antes habían matado al hermano de la chica. Así que nos tomamos una mototaxi (casi salimos de Perú invictos de ese medio de transporte) y nos fuimos hasta la frontera de nuevo. Como no era nuestro día, ahora había una cola enorme y se había caído el sistema, así que demoramos más de una hora en hacer el trámite.

Lo bueno fue que Lu habló con un ecuatoriano que nos podía llevar hasta Puerto Inca (un pueblo que no es puerto y donde nunca vivió un inca). De ahí tomamos un camión para Cuenca. Nosotros queríamos ir a esa ciudad para conocer Baños, donde habíamos visto varias actividades muy copadas. Casi llegando a Cuenca le contamos eso al camionero y nos dice que el Baños turístico es otro. Con Lu nos miramos y nos queríamos matar, pero aceptamos lo que el viaje nos daba. El camino fue muy lindo, se atraviesa el parque nacional Cajas, entonces la ruta es ecológica, es decir que no pueden ir camiones con ningún material tóxico. Las nubes estaban tan bajas que le veíamos el techo y parecía que íbamos por el medio del cielo.
Llegamos bastante tarde a Cuenca y fuimos hasta la casa del Couchsurfer que nos iba a recibir y no había nadie, alguien nos prestó el teléfono, lo llamamos y no atendió nunca. Así que tuvimos que ir a un hotel.

Mientras discutíamos hacia dónde ir, apareció un chico de Buenos Aires. Este era un personaje importante y fue nuestro conejo blanco, que no nos llevó al País de las Maravillas, si no a la vecindad del Chavo. El porteño era un hippie instalado en Cuenca hacía varios meses y nos dijo que él estaba parando en La Casita del Horror.

— ¡¡¿¿Dónde??!! —fue mi respuesta automática.

— Así le decimos, pero está todo bien. Somos todos artesanos y cuesta 4 dólares la noche. Vamos y la ven.

Con cierto temor, fuimos.

Los hoteles más baratos que habíamos averiguado salían10 dólares, viendo la fachada de La Casita del Horror ya entendimos el porqué de la diferencia. No había ningún cartel que anunciara que eso era un hospedaje y para poder entrar había que tocar un timbre que estaba semi oculto. Apenas abrió la puerta una chica, comenzó a insultar al hippie y a amenazarlo que si no pagaba todo lo que debía, lo echaban esa misma noche. El porteño se hizo el boludo como perro que tumbó la olla y subió la escalera gritando que le había conseguido dos clientes y escuchamos cómo se encerraba en su habitación.

La chica, que tenía unos 25 años, nos miró de arriba a abajo y con un gesto nos preguntó qué buscábamos. El gesto era un cabezazo hacia arriba con el labio superior fruncido hacia un costado. Intentando que el odio hacia el porteño no se trasladara a nosotros, le respondimos con amabilidad que solo queríamos una habitación para pasar la noche.

— Cuatro dólares la habitación privada.

Con ese precio no tenía sentido preguntar si era con baño privado, pero sí necesitábamos que tuviera cocina y nos dijo que sí tenían.

Cuando entramos a nuestra habitación, más que en un hotel, parecía que estábamos en el departamento de un estudiante en época de exámenes, al que hace mucho no visitan sus padres. No solo había suciedad y mal olor, si no que no teníamos cortinas, la cama estaba rota y no había ningún otro mueble, excepto por un colchón medio podrido que estaba parado contra una pared. Ya era tarde y el precio era tentador, así que aceptamos quedarnos.  Bajamos a la cocina y el estado era mucho peor que el de nuestra habitación. Nos cruzamos con un par de artesanos que nos miraban raro, como sin entender que hubiera gente nueva y con un aspecto tan extraño como el nuestro en ese antro. Al entrar a la cocina se nos hizo evidente que ninguno de esos hippies había usado algo de lo que estaba ahí adentro hacía mucho tiempo. No encontramos ninguna olla ni cubierto, la heladera estaba vacía y la cocina tenía tanta grasa que era difícil adivinar de qué color había sido. Resignados íbamos a salir a comprar algo para comer, subiendo las escaleras hacia la habitación lo encontramos al porteño y nos ofreció una olla que él tenía en su pieza para que no se la robaran. Lo esperamos abajo de la escalera y él desde un balcón nos tiró la cacerola.

— La van a tener que lavar porque hace rato que no la uso y tiene un poco de comida.

— Ok — le respondí.

¿Ok? Yo no tenía idea lo que venía adentro de esa olla. Parecía un guiso de carne, verduras y champiñones. Sobre todo champiñones. Unos champiñones verdes que parecían estar vivos y en crecimiento. Iba a ser difícil lavar eso, pero lo íbamos a intentar. ¿Intentar? Imposible. Lo único que había en el lavadero de la cocina eran cucarachas. Devolvimos la cacerola y decidimos salir a comprar algo para comer. ¿Salir? Tampoco era algo sencillo. Ahí fue cuando descubrimos que todo el que quisiera entrar o salir tenía que tocar timbre para que le abrieran la puerta. La misma chica salió de donde vivía con su marido y nos dijo que si volvíamos después de la 1 de la mañana nos cobraba dos dólares la entrada. Yo me reí, porque lógicamente sonaba a chiste, pero ella lo decía en serio. Ahí fue cuando Lu sintió que todo lo que estaba pasando la rebalsaba y no soportó más, le saltó al cuello a la chica y le gritó que no habíamos podido cocinar ni lavar una olla así que más vale que no nos cobraran nada por entrar o salir. La chica se asustó un poco y dijo que podíamos ir tranquilos. Eran casi las 12 de la noche, entonces aprendimos que en Ecuador es difícil encontrar algo abierto a esa hora y que las calles de Cuenca quedan desérticas. No nos animamos a caminar demasiado, esa noche nos quedaríamos con hambre.

Al volver al alojamiento tocamos timbre y la chica nos abrió sin decir nada. Pero sí escuchamos gritos que venían de arriba.

— ¡Mañana te vas! ¡Me tienen cansado! El que hoy no paga se va, mañana los echo.

Pensamos que estaba hablando con el porteño, pero no. Por primera vez veíamos al marido de la chica, y le estaba gritando a un hippie muy flaco, con unos bigotes ridículos y un sombrero gastado. El dueño del lugar era un gordo de unos 45 años, vestido con una camiseta blanca y unos bóxers azules. La situación me remontó a la infancia, parecía una escena sacada del Chavo del 8. Empezamos a entender que todos los hippies le debían la renta, no de 14 meses como Don Ramón al Señor Barriga original, pero sí de una semana o dos. El gordo le sacó de la mano una bolsa al flaco y le gritó que cuando le pagara se la devolvía. El flaco se fue con la cara por el piso y sin poder decir nada. Cuando terminó esa escena, se acercó otro hippie, un petiso que iba con actitud implorante y sonriente. Iba a pedir que le dieran plazo para pagar, también dejó en garantía una bolsa con algunas de sus herramientas y materia prima. El gordo cerró la puerta y el petiso pasó al lado nuestro diciendo que estaba muy bravo el gordo.

Nosotros también teníamos que pedirle un favor al gordo. Necesitábamos avisar en nuestras casas que habíamos llegado bien desde Perú hasta Cuenca. Golpeamos la puerta y abrió todavía con cara de enojado, al ver que éramos nosotros y no un artesano, es decir los únicos que no le debíamos, cambió su cara. Tampoco puso cara de contento, pero por lo menos no nos ladró.

— No anda el wifi, ¿nos prestaría su celular para poder avisar a nuestra familia que llegamos bien? —pedí, intentando no intimidarme ante el Señor Barriga y su cara seria.

Sin alterar los músculos de su rostro neutro, sacó del bolsillo trasero un teléfono y lo puso en mi mano, sin decir una sola palabra.

— ¿Puedo usar Whatsapp?

Asintió con la cabeza y volvió a meterse en la zona de la vecindad que usaba como casa.

Agregué a mi papá como contacto y abrí Whatsapp y alcancé a ver las primeras líneas de las conversaciones. Todas eran con chicas tan jovencitas como su esposa y empezaban con frases del tipo: “Ay, ¿por qué me dice eso señor Barriga?” O “Jaja, usted es malo con migo, Señor Barriga”.

Escribí rápido el mensaje y cuando estaba esperando respuesta, apareció el dueño de la vecindad y me miró con gesto imperativo. Llegó el OK que demoraba desde los dedos de mi padre y le devolví el teléfono, sin que ninguno dijera nada.

El ambiente no mejoró en la madrugada. Mientras afuera, en las calles solitarias el silencio se perdía en cada rincón de la oscuridad que rodeaba aquella ciudad hermosa, adentro alternaba el estrépito de los timbrazos de quienes querían entrar con los gritos y amenazas de quien los recibía en la puerta. Fue una noche larga, el sueño no fue fácil de encontrar, parecía escaparse por el hueco que tenía el centro del colchón.


Al otro día nos levantamos y salimos a caminar un poco por el centro.
El centro de Cuenca es muy lindo. Es bien colonial, tiene muchísimas iglesias, hay muchos bares y restaurantes, tienen varias plazas muy bien cuidadas y por la ciudad pasan varios ríos, así que se puede pasear por sus costas disfrutando de mucho verde. La catedral es tan larga, que creo que no hacen casamientos porque la novia llega cansada al altar.


Había otro couch que nos había aceptado pero volvía a la tarde de viaje. No nos mandó el teléfono ni la dirección así que por la página tratábamos de que nos pasara esos datos y nada. Al mediodía fuimos a buscar nuestras cosas al hotel y nos fuimos a comer frutas al río y después anduvimos por algunas plazas haciendo tiempo y aprovechando que en Cuenca en todas las plazas hay wifi gratuito. Al final se hizo de noche y tuvimos que ir a un hotel de nuevo. Esta vez gastamos un poco más y fuimos a un hostel lindo. Al otro día cuando nos levantamos teníamos un mensaje de Louis, que era el couch que tendría que haber llegado la noche anterior. Era un norteamericano de 64 casado con una ecuatoriana de 37. Nos pudimos poner en contacto y mitad en español y mitad en inglés nos explicaron como llegar a su casa que estaba a 20 minutos del centro de Cuenca. Por fin teníamos una casa. Llegamos a lo de Louis al mediodía y como no teníamos ganas de volver a viajar hasta el centro, nos quedamos todo el día en la casa.

El último día que teníamos para pasear por la ciudad, nos despertamos temprano y nos tomamos un bus hasta el centro (salen 25 centavos de dólar), y de ahí otro a el mirador de Turi. Es un barrio en un cerro, que tiene una iglesia, un mirador y varias tiendas. La vista que hay de Cuenca es buenísima.

Cuenca

Después de mirar algunos minutos la ciudad, yo ya empezaba a aburrirme así que empezamos a ver que más se podía hacer. Y justo Lu vio que pasaba volando una hamaca. ¿Vamos a ver que hay? ¡Vamos! No era lo que nosotros habíamos visto en las fotos de Baños pero era parecido. Había una casa del árbol, había para hacer canopy, un columpio chico y otro columpio hermoso que cuando ibas hacia adelante veías toda la ciudad y parecía que te caías sobre ella. La entrada salía un dólar y el columpio eran dos más. Nos encantó. Estaba bastante alto y cuando te largan se siente una sensación de vacío terrible.

Después de eso bajamos caminando el cerro y encontramos un lugar en el que vendían cerdo a la parrilla, compartimos un plato y pedimos algo más para completar y empezamos a caminar para ir al centro. Volvimos a ir al Parque de la Madre, que es una de las plazas que hicimos tiempo el primer día. Descansamos un poco ahí y decidimos que era suficiente de Cuenca. Nos volvimos a lo de Louis y ahí renegué viendo el partido que Argentina empató 2 a 2 con Perú.
Con nuestro anfitrión no interactuamos mucho, a pesar de tener una casa hermosa solo usaban la habitación. Nosotros pensamos que podía ser porque era norteamericano o por la edad, pero luego vimos aspectos similares en otros anfitriones ecuatorianos. Ya nos habían dicho que en Cuenca vivían muchos jubilados de EEUU y Louis nos contó que tiene una jubilación de 500USD, que en su país con eso no hace nada y acá vive bien. Se conoció con su esposa por una página, Latin Chat. Ahora tienen una hija de 8 meses.

La mañana del último día caminamos con nuestra mochila por la zona rural donde vive Louis y luego fuimos en un bus hasta una zona de la ruta donde ya podíamos hacer dedo. Si la fortuna no nos había sonreído con los anfitriones, sí lo haría con los chóferes para que pudiéramos movernos rápido. Siguiente destino Guayaquil.

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