Descubriendo Kuala Lumpur y su gente

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En Kuala Lumpur la gente no saluda, casi no sonríe y algunos evitaban hablarnos, hacían como que no nos escuchaban y cuando los enfrentábamos y no le dejamos alternativa, nos hablaban rápido, casi pidiendo, en cada gesto, por favor que nos fuéramos. Tal vez sea porque esas personas no dominan el inglés y en lugar de simplemente decir que no hablan, prefieren hacerse los sordos. O tal vez la respuesta sea mucho peor, y es que directamente no quieren hablar con los extranjeros. No pudimos resolver el misterio aunque en Kuala Lumpur hablamos con muchas personas y conocimos algunas historias; o mejor dicho, fragmentos de historias de algunas personas.

Wally

Tenía un nombre complicado de entender para oídos occidentales, así que nos dijo que le podíamos llamar Wally. El barrio One South está en una zona de dominio árabe, y dentro de los árabes, son mayoría los que vienen de Yemen. Wally tiene 19 años, ojos brillosos, cuerpo flaco, largo, color chocolate amargo, viste camisa pegada al cuerpo, jeans chupines azules y su gorra mira hacia atrás. Wally tiene apenas un poco más de la mitad de años que yo, pero si lo poco que contó es verdad, ya vivió el doble de lo que viviré en toda mi vida.


En 2014 se desató la guerra civil en su país. El origen es complicado, como en toda guerra. El padre tenía un cargo alto en la policía y, con un inglés fluido pero algo rústico Wally intentaba explicarme, en algún momento le dijeron que debía mudarse a la zona en conflicto, pero el padre no quería, entonces se fueron de Yemen.

En una conversación de pocos minutos, cuando recién conocés a una persona, no podés hacer todas las preguntas que tenés rondando en la cabeza, y estas quedan flotando como una flor en un estanque, dan vueltas, flotan, nadie las alcanza y tarde o temprano se marchitarán. Y una de esas preguntas que no hice fue ¿Por qué tú papá se fue a Alemania, tu mamá y tus hermanas a Egipto y vos a India? En su relato, en algún momento también apareció un hermano que hace varios años vive en Malasia, y cada vez tenía más cabos sueltos en la historia, que comenzaba a parecer una película de Bollywood.

Wally voló de Yemen a India, llegó a Goa con 16 años, un amigo y ningún contacto. Allí vivió dos años, aprendió el idioma, aprendió inglés y se las arregló para vivir el día a día hasta que viajó a Malasia donde lo esperaba su hermano mayor. Ahora él vive con otros 4 yemeníes en un departamento, acaba de terminar el secundario y tiene que ver qué visa consigue para poder seguir en Malasia hasta que su padre tenga la residencia en Alemania, una fecha incierta que se pospone y se interpone en la reunión familiar.

Barrio árabe Kuala Lumpur
En el barrio árabe las charlas son al ritmo de la shisha

La segunda tarde que estuvimos alojados en el departamento de los yemeníes, a través de Couchsurfing, fumaron tanta marihuana que Wally tenía los ojos casi cerrados y miraba sin ver la novela que desde YouTube transmitían al televisor. Su mirada estaba en otra parte, y no sé en qué tiempo, así que era imposible poder hacerle alguna pregunta.

A la noche todos estuvieron yendo y viniendo durante toda la madrugada. Solo el dueño tenía la llave, así que tocaban el timbre, entraban al departamento, iban a la habitación, salían, pasaban por el comedor (nuestro dormitorio) susurrando sorry sorry, iban al balcón para fumar y hablar, volvían a pasar al lado de nuestra cama diciendo sorry sorry, prendían la luz, la apagaban, y se volvían a ir afuera, para volver a tocar el timbre a la media hora.

La situación fue bastante incomoda y la gota que rebalsó el vaso fue Wally hablando por teléfono a las 7 de la mañana y respondiéndonos violentamente cuando le pedimos que fuera a hablar a otra parte. Nos despertamos, hicimos nuestras mochilas y nos fuimos a buscar un nuevo alojamiento en el centro de Kuala Lumpur.

La otra pregunta que no alcancé a hacer es ¿Cómo hace el hijo de un refugiado yemení que vive en Alemania, y tiene una familia en Egipto, para vivir en un edificio con gimnasio y dos piletas en Kuala Lumpur?

Nur

Las últimas semanas en Nueva Zelanda trabajamos en una Packhouse de manzanas. Había personas de muchas nacionalidades, se escuchaban diversos idiomas y en las mesas del comedor se agrupaban distintas etnias, pero había una sola chica vestida como musulmana, esa era Nur. La última noche de trabajo le pedí su contacto, tal vez podríamos juntarnos si ella estaba de vuelta en su casa cuando nosotros visitáramos Kuala Lumpur.

Nos recogió en su auto en la entrada de Batu Caves, luego nos diría que jamás entró. De echo, esa fue la vez que más cerca había estado. Nosotros creíamos que no nos había querido acompañar a subir los más de 250 escalones que separan a la cueva de la entrada porque ya lo había hecho demasiadas veces. Pero la verdad era que nunca tuvo curiosidad por ir; pensaba (con bastante lógica) que solo son unas cuevas. Y es un poco lo que nos pasa a todos en nuestras propias ciudades, subestimamos lo que tenemos al alcance y suponemos que siempre habrá tiempo para ir.

Escalera Batu Caves
Tantas veces vista que no le hace falta presentación

Claro que no se trata de solo unas cuevas. O sí, pero tienen su historia: fueron excavadas en la década de 1860 por colonos chinos que usaban los minerales que extraían para fertilizar sus plantaciones. Lo hacían sin sospechar que algunos años después un comerciante indio pondría una estatua de Murugan, el dios de la guerra, y lo convertiría en un lugar de culto y que un siglo y medio después reemplazarían la vieja escalera de madera por una de hormigón y la pintarían para hacer al lugar más turístico e instagrameable, y pondrían la estatua de Murugan más grande del mundo y el lugar se llenaría de gente buscando el mejor ángulo para sacarse una selfie.

¿Se dieron cuenta que en Instagram los lugares famosos parecen tener una sola cara? Si quieren ver fotos de adentro de la cueva, acá pueden ver alguna, y ahora les dejo una de los protagonistas principales del lugar.

Batu caves Kuala Lumpur
Lo que sería solo una visita fotográfica y cultural, se transforma en algo mucho más divertido gracias a todas las cagadas que se mandan los monitos

La conversación con Nur fluyó fácil desde los primeros minutos a pesar que en la packhouse casi no habíamos hablado. Extraña un poco Nueva Zelanda, y le gustaría sacar una visa working holiday para Canadá; pero ir es caro y yéndose se siente un poco culpable. Es la única hija soltera que le queda a los padres, ¿quién cuidaría de ellos si ella se fuera? Nunca se planteó quién cuidaría de ellos si se casara y se sorprendió con la pregunta.

Los padres ya no la presionan para que se case, le dicen que haga lo que ella quiera, siempre y cuando sea en Malasia y no se vuelva a ir lejos de Kuala Lumpur.

Hablamos un poco de la situación de la mujer en Malasia y en otros países donde las leyes musulmanas son las que dominan la vida de la población. Y comparando, Nur terminó diciendo que tiene suerte, ella puede elegir lo que quiere hacer. No quise hacerle más preguntas, era mejor dejarla con esa mirada positiva.

El hotel

Después de salir disparados del primer couchsurfer de KL nos refugiamos en un hotel de Little India. Cada ciudad asiática parece tener un barrio de inmigrantes indios y otra para aquellos que vinieron de China. Lejos del glamour y el lujo, pero cerca de lo que nos interesaba conocer en Kuala Lumpur encontramos el hotel más barato de la ciudad. La misma historia se había dado en Singapur.

Desde acá fuimos a conocer las torres Petronas. Mientras atravesábamos los pasillos interminables de un shopping buscando la salida para ver las torres, me acordaba cuando era chico y veía alguna foto, y hablaban que el edificio más alto del mundo lo había diseñado un argentino. Qué injusticia referirse a las torres solo por su altura. Son hermosas, su simetría juega con el estilo islámico que honró Cesar Pelli, que usó algo que se llama El Rub el Hizb, que se caracteriza por dos cuadrados superpuestos, uno girado 45 grados, con un círculo insertado en el centro. 

Habíamos leído que era posible mirar las torres Petronas desde un bar en un piso 33. Con la vergüenza de quien sabe que no va a consumir nada y esperando que en algún momento vinieran a echarnos, subimos al Skybar, nos acomodamos en una de las mesas al costado de su hermosa pileta y miramos el menú queriendo simular que en algún momento pediríamos algo. Pero no hacía falta, los mozos están acostumbrados a los que ven luz y suben a mirar.

Y allí estuvimos, buscando detalles, mirando el contexto que cada vez es más alto y va haciendo que las mellizas ya no parezcan tan altas y disfrutando de las luces y de las fuentes que la rodean. Y cuanto más tiempo miraba las Petronas, menos me impresionaba su altura y más su belleza, y entonces sentía más ganas de mirarlas. Hasta que pasó lo inevitable, llegaron clientes de verdad y amablemente nos pidieron la mesa.

Vista de las Torres Petronas
Vista de las torres Petronas desde abajo del Skybar, ¿la vista desde arriba? En la foto de portada

Nuestro mapa de Kuala Lumpur, construido a base de recomendaciones de otros viajeros, tenía un punto que decía comida callejera en Jalan Alor. Así que bajamos de ese bar lujoso y caminamos por dentro y por fuera de enormes shoppings, cruzamos músicos callejeros que cosechaban multitudes en la puerta de un McDonald´s, negocios de comida árabe que se contaban por docenas y vendedores que invitaban a entrar a cada uno de ellos; entre otras cosas. Y finalmente llegamos. Y allí también vimos un sinfín de cosas que podría enumerar y que incluiría cantantes discapacitados, familias, parejas, europeos, chinos, restaurantes, restaurantes chinos, restaurantes tailandeses, restaurantes vietnamitas, puestos de jugos y de ensaladas de frutas, otros turistas de ojos rasgados y otros turistas de ojos redondos, puestos con todo tipo de comida frita, muchos mozos-vendedores; entre otras cosas.

Esquivamos las opciones de restaurantes y nos inclinamos por las alternativas más callejeras y, obviamente, más baratas. Hicimos una cata de muchas cosas cuyos nombres no tuve la inteligencia de anotar, y mucho menos de recordar, pero la lista incluía alguna variedad de dim sum, roll primavera, deditos de queso y pollo; entre otras cosas. Después combinamos un par de buses gratis y llegamos a nuestro hotel.

El check-out nos dejaba una ventanita para conocer, un poco a las corridas, otro de los atractivos de la ciudad: el recorrido por la zona de la plaza Merdeka. Así como en un montón de pueblos argentinos tenemos la plaza San Martín rodeada por la municipalidad, la comisaría y la iglesia, en la plaza Merdeka están todos los edificios antiguos de la ciudad: el correo, la estación de tren, los tribunales, la municipalidad, etc. Están allí, pero no están. Todos los viejos edificios siguen en pie pero le cambiaron las funciones y hoy algunos son galerías o cafés y otros son museos.

Merdeka Square
Kuala Lumpur significa Unión de 2 ríos lodosos, y todo comienza en este punto frente a la plaza Merdeka

Edi y Yanti

No siempre la primera impresión es la que cuenta. Pero Edi se esforzó en causar una buena impresión. Envió detalladamente cómo podíamos hacer para llegar a su casa, después nos dijo que había salido más temprano de trabajar y nos podía buscar en la estación de trenes cercana al lugar donde estábamos haciendo tiempo. Llegó en su 4×4 negra de marca nacional, saludó amable con su cabeza calva impecable y su gran panza escondida en una camisa a rayas, y nos llevó a su casa.

Nos contó que en un par de semanas se iba con su esposa y unos amigos a un resort naturista en una isla privada en Tailandia. ¿En qué momento naturista se transformó en sinónimo de nudista? Edi buscó y nos mostró algunos videos del resort, se rió al decir que lo bueno de ir a esos lugares es que hay que empacar poca ropa. Hablamos un poco de las diferencias en las culturas de Tailandia y de Malasia, hablamos de Argentina y nuestro viaje. Nos contó que el domingo era el cumpleaños de su esposa, así que esa noche (de viernes) se juntarían con unos amigos en un karaoke chino, si queríamos podíamos acompañarlos.

La esposa, Yanti, hizo su aparición por primera vez justo al momento de salir. Mostró una sonrisa en el primer contacto, llevaba un short negro y una blusa con un escote en la espalda que me hicieron dudar si había leído en el perfil si eran musulmanes, o si solo lo había supuesto.

En la cena ese sería uno de los temas de conversación. Le preguntamos por qué había decidido no usar el hijab, y nos respondió que sentía que todavía no estaba lista. Que en su corazón todavía siente que no es el momento. No es la primera que nos responde lo mismo, y a nosotros nos abre muchas dudas, pero hacer la repregunta requiere un nivel de confianza que es difícil alcanzar y sonaría a cuestionar sus motivos, así que preferimos callarnos para poder disfrutar la cena.

Se conocieron por amigos de hermanas o hermanas de amigos, y después de unos meses de salir juntos, Edi, con 38 años, tuvo que transportar toda su experiencia hasta la casa de los padres de Yanti, que con 26 miraba la escena con ansiedad y escuchaba cómo ese hombre le pedía la mano a su padre y su familia le hacía toda clase de preguntas a él para conocer sus intenciones y cómo la trataría. Luego, toda la familia de él tuvo que hacer el mismo recorrido para hablar de las cuestiones formales de la boda y la dote correspondiente. El proceso termina con un curso que da el gobierno donde se enseña a ser buenos maridos y buenas esposas.

Entramos al karaoke chino y todos se saludan con todos. En la mesa hay 3 hombres tomando y cantando y 3 mujeres conversando, tomando y sirviendo los tragos. Saludan a Edi y Yanti con un abrazo, algo que no es común de ver. Le preguntamos a Yanti de dónde se conocían, y nos respondió que con los hombres se habían hecho amigos en una playa nudista, ¿y las chicas también? Sorprendida, nos dijo que las chicas eran solo las camareras. Las camareras que estuvieron toda la noche rondando la mesa y cada vez que alguien tomaba un trago, ellas con una asombrosa precisión y una estrategia comercial magnífica, reponían lo tomado para que el vaso jamás luciera vacío. Y si pasaban dos minutos sin que nadie tomara, venían, hacían algún comentario alegre y proponían un brindis. ¡Un aplauso para los dueños y la gerenta que entendieron todo!

Hari Raya y las festividades

Las festividades musulmanas tienen la particularidad que se sabe cuando comienzan con precisión matemática, pero el límite del final está bastante borroso. Se sabe que Ramadán empieza cuando aparece la luna en el día determinado, luego comienza Hari Raya, el momento donde se rompe el ayuno y comienzan a celebrar con grandes festines. En algunos lugares dura una semana y en otras un mes. Para nosotros hari raya duró miles de kilómetros; comenzó justo el día que llegamos a Sumatra, donde nos robaron y a la vez nos hicieron vivir hari raya como parte de una familia super generosa, encontramos otra celebración con comida gratuita mientras visitábamos un museo en Melaka mientras hacíamos un voluntariado en una guesthouse y la última celebración la vivimos en Kuala Lumpur, donde había tanta gente que costaba caminar.

Como animales merodeando alrededor de una presa herida, caminábamos frente a los puestos de comida gratuita esperando que llegara la hora indicada para comenzar a repartir. La gente había comenzado a hacer cola unos cuantos minutos antes, los ventiladores no daban abasto y parecían trabajar sabiendo que su esfuerzo era inútil. Los cuellos de las camisas lucían empapados, las señoras pasaban con abanicos apurados y pañuelos listos para secarse la frente. Después de varios minutos alcanzamos el objetivo, el puesto del cordero. En una clara discriminación por turistas, nos sirvieron menos cantidad y más grasoso!! Don´t worry, nos desquitamos pidiendo cordero en otro puesto en el que había menos cola y nos clavamos un sandwich tipo árabe donde estaban tan felices de ver extranjeros que nos pidieron una foto. Hay de todo en la viña del señor, dice el refrán.

Cerca de las 11 de la noche Edi nos pasó a buscar por una estación de tren, no podíamos ir a su casa por nuestra cuenta porque no le da llave a nadie. Nos avisó que al día siguiente se iban al cine, que también debíamos buscar qué hacer porque no podíamos quedarnos en la casa, entonces le comunicamos que mejor nos íbamos, que nos convenía retomar el viaje y movernos hasta las Cameron Highlands que esperar en un shopping a que ellos vieran su película. Pareció entendernos, pero por primera vez recibimos una referencia negativa en Couchsurfing.

Y esa fue la sensación con Kuala Lumpur, una ciudad con tantos contrastes y diversa como el resto del país, pero con personas que todavía no terminan de saber si quieren que los turistas sigan llegando, o si prefieren seguir corriendo con los ojos enfocados hacia adelante con su vida de ciudad capital, sin mirar hacia los costados.

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