La noche de las ratas

por nicobonder
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Noche 1, o el primer intento

En la cocina del hotel había un dispenser con agua fría y caliente, estaba pegado a la puerta, que era grande y de madera marrón oscura. Parece poca cosa, pero tener agua gratis es un punto a favor de un hotel en un semi continente donde no hay agua potable. Cargábamos nuestra botella cada vez que íbamos a salir a pasear, pero un día necesitamos agua antes de dormir. 

Con Lu habíamos estado discutiendo por un rato largo, en un momento ella dejó la habitación con la botella vacía y cara de pocos amigos. Al rato vuelve con la botella en las mismas condiciones y me dice: No me animé, hay muchas ratas.

— Después voy yo —le respondí yo, que odio las ratas, más motivado por el enojo de la discusión que por valentía.

Al rato bajo las escaleras, el lobby estaba oscuro pero entraba el reflejo de alguna luz exterior. Terminé de bajar la escalera y mis pies descalzos tocaron el suelo y las ratas comenzaron a correr y a advertirse las unas a las otras a los gritos.

— ¡Corran! ¡Sálvese quien pueda! ¡Nos invaden! ¡No vayan hacia la luz!

Esperé que hicieran silencio y se me pasara el primer susto. Antes de llegar a la cocina estaban los baños, prendí las luces de estos para que su reflejo iluminara la cocina una vez que abriera su puerta. El cambio de iluminación generó un nuevo alboroto roedor, y eso una nueva pausa en mis movimientos.

Me puse en marcha otra vez y abrí un poco la puerta, pero el griterío que vino de adentro me hizo pensar qué hacía si empezaban a correr hacia afuera. ¿Y si una me muerde el dedo y me da rabia? ¿Tengo vacuna contra la rabia? ¿Hay formas más pelotudas de morir que mordido por una rata en Laos? Cerré la puerta y me quedé pensando. La abrí otra vez y retrocedí, esperé a ver qué pasaba. Se escucharon un millón de pasos ligeros y miles de chillidos, pero ninguna salió en mi dirección. Entonces traté de darme coraje: Dale, vos podés, ellas te tienen más miedo a vos que vos a ellas, etc. Abrí otro poco la puerta y volví a esperar. Ya podía ver el dispenser, estaba a 3 pasos, después debería estirar los brazos, accionar la palanca y esperar que la botella se cargara con el chorrito lento de la máquina.

Respiré hondo, hice un paso, dos pasos y salí corriendo. ¡Huí como rata por tirante!

Apenas me vieron las ratas se pusieron en guardia, cantaron himnos de guerra, insultaron a mi madre y amenazaron con fajarme como Jerry a Tom. Así que pensé que soldado que huye sirve para otra batalla.

Volví a la habitación con cara de pocos amigos y la botella vacía, y le dije a Lu (sin mirarla) que no había podido. Por lo único que no se rió fue porque el enojo todavía se lo impedía.

Noche 2, la unión hace la fuerza

La siguiente noche las aguas ya estaban calmas y nos unimos para convertirnos en un verdadero dúo dinámico.

Esta vez bajamos armados con la linterna del celular y conociendo a nuestros enemigos. Desde el último escalón de la escalera ya las escuchamos chillando.

Apuntamos el haz de luz contra un basurero y alcanzamos a ver a 5 lauchas correr en fila india en dirección hacia la cocina. Les dimos tiempo de que terminaran la procesión.

Terminamos de bajar y encaramos hacia nuestro destino. Como soy muy valiente frente a las ratas, dejé que Lu fuera al frente. Caminábamos semi agachados, uno detrás del otro y en puntitas de pie. Del otro lado había un quilombo importante. Las ratas gritaban y al mismo tiempo buscaban refugio. Yo iluminaba nuestros pasos y Lu miraba atenta que nadie nos atacara por sorpresa.

Llegamos a nuestro destino y Lu gritó susurrando:

— No ilumines para arriba así no se asustan.

— Si me iluminás, te como el tobillo —me gritó una rata.

Así que clavé la luz de la linterna contra el piso mientras Lu cargaba con paciencia la botella. Cuando llegó a la mitad, levanté un poco el haz de luz provocando una avalancha entre los amigos de Mickey, entonces Lu dejó de servir y volvió a susurrar:

— ¡Listo! ¡Con esto alcanza!

Se dio vuelta y salimos corriendo, y detrás nuestro quedaron los ecos de los chillidos que nos perseguían por la escalera, y parecían decir:

— Sí, ¡huyan cobardes! Cobardes.

Si quieren leer otro relato viajero, les dejo la historia que vivimos cuando en Sumatra nos robaron en Ramadán.

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