Ta Moko: Te llevo en la piel

por nicobonder
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El escritor  maorí Ngahuia Te Awekotuku, profesor de psicología en la Universidad de Waikato, dice: “Ta moko hoy es mucho más que una declaración de moda, una moda pasajera para los maoríes. Se trata de quiénes somos y de quiénes venimos. Se trata de hacia dónde vamos y cómo elegimos llegar allí. Y se trata de para siempre, para siempre “. Y esa son las preguntas que nos hizo Moi para dibujar el diseño que iba a perpetuar en nuestro cuerpo.

Por eso después de 34 años me animé a hacerme un tatuaje, perdón, un Moko. Porque sentí que tendría un significado, que eso que se estamparía en mi piel por toda la vida, tendría un sentido y me pertenecería.  Según los maoríes el moko es un lenguaje visual que conecta al usuario con su whakapapa (genealogía), o sea que cada firulete escondería un recuerdo de mis padres, mis hermanos, mis sobrinos y de quién soy.

Un moko en la cara es la máxima declaración de la identidad de uno como maorí. Se cree que la cabeza es la parte más sagrada del cuerpo. Llevar el moko en la cara es llevar una declaración innegable de quién eres. Claro que por cuestiones culturales no me animaría a hacérmelo en la cara, y creo que a los maoríes tampoco les hace gracia que un no maorí lo haga. Por eso algunos prefieren hablar de Kiri Tuhi  (Kiri significa Piel y Tuhi significa Arte) y no de Ta Moko, que estaba reservado solo para la cara.

La sed por conocer

Antes de empezar este viaje Con Lu dimos una charla sobre nuestra aventura por Sudamérica y para la presentación de la charla escribí esta introducción: “Un viaje, como todo proyecto, tiene un objetivo. El nuestro es conocer. Con los mapas 3D, los miles de videos y de fotos en Instagram, hoy es fácil conocer templos, monumentos y paisajes, pero hay algo que solo se puede conocer cuando se  vive, cuando se palpa, y eso es la cultura”.

Y eso es Moi y eso es un Ta Moko. Moi es cultura viva, porque no solo te imprime un dibujo en la piel, sino que te cuenta de dónde nace lo que hace, y se ríe moviendo su cabeza enorme y sus labios gruesos y llena el lugar con su risa amable y su hablar descontracturado.

El tatuador maorí se llama tohunga ta moko, que significa especialista en moko. Estos tatuadores son muy respetados y considerados tapu, que significa inviolable o sagrado. Los maoríes tuvieron prohibido el uso de su medicina tradicional y cualquier acto relacionado con supersticiones entre 1907 y 1962, así que Moi habla con orgullo de su infancia y de sus ancestros, de lo que aprendió de ellos y de las tradiciones que hoy pueden rescatar después de haberlas transmitidos durante muchas generaciones en la sombra de la ley.

Su koroua (abuelo) fue el encargado de transmitirle el arte del Ta Moko, mientras que su tupuna (abuela) fue quien le enseñó la gastronomía y las canciones tradicionales. Y Moi trata de convencer a los viejos maoríes que le permitan enseñar el arte a nuevas personas porque teme que se pierda. Moi habla con elocuencia, acepta todas las preguntas, y entre risas cuenta que le preocupa ver a los jóvenes maoríes mendigando en la calle de Auckland o comiendo en los McDonald’s sin siquiera saber hablar su propio idioma.

La primera vez que lo vimos nos enamoramos, tardamos apenas unos minutos en decidir que nosotros también queríamos dejarnos atravesar por su sabiduría y su cultura. Y mientras él seguía pinchando y martillando, yo le seguía haciendo preguntas para que contara, para que largara todo eso que el deseaba transmitir.

Almejas cerveza maoríes

Almejas ahumadas por maoríes y birra

La experiencia en primera persona

La cita era a las 9am  en la casa de unos sobrinos de Moi, llegamos allí haciendo autostop. Lo primero que hace Moi es hacerte preguntas, intenta conocerte. La idea es que el Ta Moko represente quien es uno, de dónde viene y a dónde quiere ir, qué ama y cuáles son sus valores.

Nos pidió tiempo para pensar los diseños. A la tarde los dibujaría directamente en la piel y al día siguiente empezaría a tatuar, así que nos ofreció que durmiéramos en la casa. Mientras hablábamos con Moi sobre nuestro primer Ta Moko llegó una pareja, andaban alrededor de los 50, él tenía tantos tatuajes que yo pensé que antes del próximo debería borrarse alguno para hacer lugar. Y ella se iba a hacer un Ta Moko que representara el nacimiento de su segundo nieto; por más que me esforcé no pude imaginar a mi mamá tatuándose a mis tres sobrinos.

Esta también podría ser la historia del día que Lu fue “mama Lu”, y del día que Está bien y Ok se transformaron en Ka pai; o podría ser la historia de la noche que Moi nos invitó a comer con alguno de sus parientes maoríes, que viven en un caravan adentro de un parking con muchísimos alemanes, franceses y latinos, y podría contarles cómo nos chupamos los dedos sucios y pegajosos por culpa del jugo dulce que caía de las almejas ahumadas, y podría describir el sabor del cordero y del pescado ahumado,  y como estábamos con maoríes tomábamos cerveza; y podría ser la historia de la noche que hablamos en inglés con franceses y estábamos todos felices porque gracias a nuestra ignorancia compartida, podíamos hablar mejor con esos otros extranjeros que con los locales que tienen un acento y una velocidad especial que nos obliga a pedir que repitan todo.

Pero prefiero que sea la historia del día que nos hicimos nuestros Ta Mokos. Aunque me cuesta dejar afuera que hablamos mucho con Moi y que nos contó acerca de los dos nombres que lleva tatuados en el cuello: Sasha su mejor amiga que murió de cáncer sin que nadie pudiera entender por qué cuando tenían 23 años; y Manawa, su hijo que falleció con diez días porque nació con un problema en el corazón. Y como estábamos con maoríes tomábamos cerveza y Moi se reía y decía ka pai y nos contaba que se crió con sus abuelos, que su papá es su mejor amigo, y que su bisabuelo domaba caballos salvajes y después los vendía y el viejo murió a los 106 años, y tomaba cerveza y fumaba tabaco y se murió dormido; una gran vida, dijo Moi. Y que ese bisabuelo era sacerdote y lo llevaba cuando tenía que decir alguna plegaria y allí fue cuando aprendió a orar y ahora mucha gente lo llama: papa Moi, por favor vení a decir las últimas plegarias para mi hermano, o para mi mamá o para quien sea; allá va Moi y acompaña al espíritu en el proceso y le hace entender al moribundo que el viaje es algo bueno, porque el espíritu viene de los dioses y vuelve a los dioses para vivir en Hawaiki, la mítica isla de donde vienen los primeros maoríes, entonces el alma se puede ir tranquila. Y nos siguió contando historias, y como estábamos con maoríes…

Fase 1 del ta moko: la depresión de la etapa intermedia

Moi siempre está descalzo, y cuando está muy concentrado en su trabajo entra en calor, entonces se saca la remera y muestra su físico, físico que hoy muestra orgulloso su panza cervecera pero que alguna vez perteneció al de un campeón nacional de lucha maorí, algo de lo que él prefiere no hablar, si se lo mencionan dice al pasar que fue hace demasiado tiempo, y después elije el silencio. Moi lleva su pelo canoso atado en una pequeña cola de caballo y respira complicado, y pone la mirada fija en el ta moko y murmura, como imaginando los próximos pasos.

Y ahí estaba yo, había terminado la fase 1 del ta moko, las líneas y contornos ya estaban tatuadas en mi piel y me encontraba de nuevo peleando la peor de las batallas (como dijo algún prócer de las verdades de perogullo), la que es contra uno mismo. En una primera mirada el dibujo me gustó mucho, luego empecé a rebuscar entre los detalles y a comparar el resultado con la idea que tenía en mi cabeza hacía un par de semanas.

Y el gap (como diríamos en administración), esa diferencia entre el resultado y la excelencia comenzó a expandirse. Un hemisferio de mi cerebro (podría googlear pero me da lo mismo cuál es) empezó a entender que eso que miraba no era tan perfectamente perfecto como hubiera querido; un lado del moko estaba sobrecargado y no encontraba todo el significado que hubiera querido que tuviera o el vínculo que buscaba con mi historia. Y el otro hemisferio decía: No de nuevo, decía. Ese hemisferio sabía que yo tendría que haber estado disfrutando, que había tenido una experiencia magnífica, que la perfección en el arte nunca se alcanza y que era un tatuaje maorí no una flor estándar que se calca exactamente como las otras 200 flores iguales que se han hecho con el mismo molde.

Ta Moko tatuaje maorí

Moi avanza en la primera etapa del Ta Moko

Otro prócer de las perogulladas decía que todos llevamos dos lobos en nuestro interior, uno bueno y otro malo y que la batalla la ganará aquel que alimentemos más; pero todos sabemos que cuando el malo de la manada aparece, el bueno no intenta comer, sino que se retira y vuelve para alimentarse de las sobras. Así que solo me quedaba esperar a que después de la etapa final pudiera verlo más bello, y que con el tiempo pudiera enamorarme de ese diseño único que llevaría toda la vida; y también me quedaba la esperanza de algún día dejar de buscar los 10 puntos en cada evaluación, algo mucho más difícil de lograr.

Fase 2 del ta moko: El alivio

Nos despertamos juntos con el sol y gracias a unas tazas de café que compartimos respirando el olor a pasto mojado en el fresco de la mañana. Moi tenía los ojos rojos y más hinchados que lo habitual, bebíamos en silencio. Levantamos nuestras camas, preparamos el estudio y me recosté en la camilla esperanzado, me habían dicho que el sombreado y el coloreado dolían menos que cuando te tatúan las líneas. Pero con los primeros pinchazos empecé a entender porqué la leyenda cuenta que Mataora trajo el arte del ta moko desde el inframundo. La piel todavía estaba sensible por la sesión del día anterior, y cada roce era un pequeño sufrimiento; cuando sentía que el sonido vibrante y la mano de Moi se acercaban mi cuerpo se tensionaba como cuando se recibe una pequeña descarga eléctrica.

Ta moko con uhi tradición maorí

Moi intenta transmitir las viejas tradiciones, como el uso del uhi

Para conservar algo de aquella vieja técnica tradicional, en la que el tatuaje se hacía con huesos de animales, dejando fieras cicatrices y luego poniendo la tinta, Moi utiliza el uhi pero modernizado; en lugar de tener un cincel hecho con hueso, en la punta del palo usa las agujas para tatuar, y como hacerlo con el uhi lleva mucho tiempo, solo lo usa para poner cierta parte de los colores.

 

Cuando avisó que estaba todo listo respiré aliviado, el dolor tenía punto final. Moi bendijo su obra con su plegaria maorí, en la que solo menciona a alguno de los 74 dioses en los que cree su gente. Me bajé de la camilla y miré mi pierna, volví a respirar aliviado, el resultado me había enamorado. Ahora sí podía mirarlo y decir que me sentía feliz.

 

 

Si quieren leer un poco más sobre el arte maorí del Ta Moko, pueden entrar acá:

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