Sumatra: El viaje de los bulé o el día que nos robaron en Ramadán

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Si este viaje también se convierte en un libro, el capítulo que hable de nuestra llegada a Sumatra lo voy a relatar como si fuera una película argentina. De esas con varios giros, inicio alegre, nudo dramático con malos actores haciendo de policías y un final con tufillo a moraleja.

El inicio

En el inicio se ve una pareja que se distingue de los demás a simple vista, están rodeados de personas locales,  están a punto de subir a un bus blanco que tiene manchas de óxido, entran por la puerta trasera y se acomodan en unos asientos que simulan con poco esfuerzo ser de cuero. Pronto un hombre les avisa que esa es el área para fumadores y prende un cigarrillo. Nuestros extranjeros tosen en el encierro móvil, el hombre los mira, ríe en voz alta, y tira el pucho por la ventana. Entre los tres hay una charla incómoda, entre cortada y con largos silencios usados para pensar nuevas preguntas, mientras un muchacho viaja al lado de ellos casi indiferente, mirando de tanto en tanto, cuando puede sostener los ojos abiertos.

Pocos kilómetros después el bus hace la primera parada y un chico sube a pedir dinero. Da un discurso en bahasa indonesio, pero nuestros protagonistas no pueden prestar atención al discurso, incluso si lo entendieran no le prestarían atención, el adolescente lleva colgada del cuello una serpiente, a la que acaricia con una mano mientras con la otra aprieta del cuello haciendo que la cabeza romboidal del animal se acerque a los pasajeros. Más intimidado que solidario, el extranjero le da un billete y sonríe nervioso sin hacer contacto visual (ni con el bicho ni con el mendigo que hace un intento tímido de pedir más).


Llegan a la terminal de ferry, después de una transacción rápida y un poco de ayuda del hombre que fumaba en el bus, ya los vemos arriba del barco, listos para cruzar desde Java a Sumatra. El barco no está tan mal, dicen sentados en el piso de un salón con aire acondicionado. Y se quedan allí hasta que alguien viene a cobrar el dinero extra que implica ir en el salón especial. Habían estado esperando el momento desde que leyeron el precio en el cartel, ya saben que tienen que ir con sus mochilas a buscar una sombra para refugiarse del sol hasta que termine el resto del viaje.

La cámara tiene una primera imagen de Sumatra, son nuestros viajeros que están parados en la ruta, levantan el pulgar y así inician una seguidilla de subir y bajar de camionetas por muchas horas. En cada pueblo que llegan se convierten en el centro de atención. Al comienzo parece divertido, saludan a cada Ey mister que escuchan, sonríen y se dejan fotografiar. Las motos pasan con gente de todas las edades, jovencitas musulmanas perfectamente vestidas con su hijab que saludan y sonríen con la histeria de una adolescente que es mundial y no discrimina por religión, niños con caras sorprendidas que miran con la boca abierta, padres maridos hermanos y tíos que tienen la misma capacidad de disimular que tiene una ballena en una pileta se dan vuelta a mirar a la protagonista. Y los bulé avanzan.


Con empeño logran llegar a un pueblo donde ningún otro extranjero decide parar. Ellos tampoco decidieron eso, pero el dedo los llevó hasta ahí en su peregrinar por Sumatra. Y en sus caras se ve la felicidad de la recompensa que sigue a todo esfuerzo. El camarógrafo hace un primer plano y en el brillo de sus ojos se reflejan las camionetas repletas de adolescentes que pasan cantando y les gritan Ey míster, y se ve la alegría de estar viviendo el fin de Ramadán en un pueblo musulmán, con toda la gente de fiesta, celebrando que lograron superar el mes de ayuno y podrán disfrutar de los festines que se avecinan. Están tan contentos que ofrecen pagarle la cena a los camioneros que los llevaron en la última etapa, y que cumplieron la promesa que hicieron a unos policías de dejar a los viajeros en el destacamento policial de Kota Agung.

En la siguiente escena hay un policía sentado frente a ellos en un comedor, les pregunta si fuman y hace un gesto hacia un paquete de cigarros. El oficial asegura que a partir de ahora ellos están bajo su cuidado, ellos se ríen porque parecen rehenes que no pueden abandonar el comedor, pero vuelven a asomarse tímidos hasta la puerta para poder ver la fiesta que se vive en la ciudad y reciben una nueva invitación del policía para que tomen asiento frente a él. Después de varios minutos, unas cuantas llamadas, pedirles varias veces que se sentaran y tomarle fotos a los pasaportes, el policía los lleva hasta el destacamento al costado de la ruta. Más fotos a los pasaportes, más fotos a ellos, más fotos con ellos. Otros oficiales les muestran dónde pueden instalar su carpa.

Un chico que dice ser guardia de seguridad se acerca, les ofrece cigarrillos y les presenta a otro tipo que había sido policía. Ante la imposibilidad de comunicarse se van a dormir, pero hace tanto calor y la humedad mancha todo, entonces se acuestan fuera de la carpa, repasando lo increíble que fue el día, mientras afuera el guardia, el ex policía y algunos tipos más hablan y ríen a los gritos. Ellos, los protagonistas, están contentos, se quedan rendidos con los dedos entrelazados mutuamente. Y acá termina el inicio feliz del viaje por Sumatra y todo empieza a complicarse.

El nudo

El protagonista se despierta y va a buscar el teléfono celular que dejó cargando en la habitación donde los musulmanes rezan y la cámara solo muestra su cara que se transforma y lo escuchamos decir en un tono entrecortado: No puede ser, no puede ser. ¿Amor vos sacaste el celular? Y la respuesta es un no. No está, no está, no está, el celular no está.

Acá todo empieza a precipitarse, él corre descalzo buscando un policía. El destacamento parece vacío hasta que adentro de un auto aparece un oficial joven que dormía. El protagonista intenta hablar, mueve las manos en gestos ampulosos y circulares, levanta la voz, señala hacia la carpa y pide por favor que lo ayude, pero el otro no habla inglés y al leer las traducciones pésimas en la aplicación que le muestra en un celular y ver la cara y los gestos desesperados del bulé, sigue imperturbable, levanta los hombros, guarda silencio y prende un cigarrillo.

Después de insistir y resignarse con el policía desinteresado, van a una oficina que está en la ciudad. Les dicen que se sienten, que van a llamar a un oficial que habla inglés. Casi dos horas más tarde llega sonriendo el policía inglés parlante, que con una sonrisa los invita a pasar a su despacho. Los escucha y redacta indiferente un reporte en bahasa indonesio, mientras fuma. Por qué fuman tanto los indonesios se pregunta él espantando el humo que el policía les tira encima, mientras sostiene el pucho con dos dedos y sonríe. Ellos le dicen que creen que saben quien fue. Ese hijo de puta del guardia fue, estuvo toda la noche con los amigos ahí, seguro que fueron ellos. Pero el policía dice que no puede hacer nada, y se encoge de hombros. Y fuma. Y sonríe. En Sumatra todos sonríen.

Ellos buscan ayuda en una familia donde hablan inglés, los ayudan a traducir el reporte. Ellos deciden irse rápido del pueblo para eliminar lo antes posible esa etapa del viaje y esa decisión le hace creer al público que  se acerca el final, pero alguien les recuerda a los protagonistas que es el primer día del fin de Ramadán, en Sumatra casi nadie viaja ese día y no hay buses. Todas las familias están reunidas para festejar, y aquellos que necesitaban viajar ya lo han hecho, les explican una vez más a nuestros protagonistas. Se sienten rehenes del pueblo y los ojos están hinchados, intentando contener las lágrimas. Los bulé se quieren ir, necesitan irse, pero parece imposible. Se miran y se compadecen entre ellos, los ojos cada vez están más inundados, y a veces alguna lágrima se desborda.
Entonces la familia les ofrece cobijo y comida. Descansen un poco y después vemos cómo pueden seguir. Hay tíos jóvenes, primos viejos, abuelas sonrientes, abuelos que parecen dominar todo desde el silencio de una silla, hermanos, niños, muchos niños.

Celebrando Ramadan con una familia de Sumatra
La familia de Reza nos dio cobijo, comida y tranquilidad

Quien se queda con ellos es Reza, un joven de 21 años que desea viajar pero no puede porque la madre no lo deja, habla inglés aunque hace mucho no lo practica y está contento porque por fin hay extranjeros para hacerlo. Ellos quieren conseguir un chip para usar en el otro celular, pero por el feriado los negocios abren más tarde, cuando encuentran uno se dan cuenta que internet funciona pésimo y va a ser difícil averiguar algo sobre algún transporte que los lleve hacia el norte de Sumatra. La familia les dice que se relajen, Reza toca la guitarra y les ofrece más comida. Uno de los sobrinos, que es como 10 años más grande que Reza, trata de conseguir un transporte para que los viajeros puedan irse del pueblo, pero no hay nada.

Fin

Entonces los bulé se ponen las mochilas y caminan hacia la ruta, comenzarán a peregrinar de nuevo de pueblo en pueblo por el sur de Sumatra. Mientras avanzan los primeros metros con la cabeza gacha, él piensa un celular no es nada, hay viajeros que han perdido todo, esto que nos pasa no es nada en comparación. Pero aunque intenta convencerse, también siente que no es solo el celular, es eso sumado a la sensación de no poder salir del pueblo, la combinación de los dos problemas es mucho, piensa con los ojos aguachentos, y la sensación de sentirse el centro de atención en todas partes, y la traición de alguien que tal vez conocieron y que tal vez los saludó con una sonrisa y también que ningún policía demostrara interés ni hablara inglés, y también es el calor y la humedad que parecen pintar los huesos como lo haría Dalí, todo es demasiado piensa él y camina con la mochila a cuesta.

Y mientras caminan siguen cayendo los Ey mister y las miradas por todos lados, y lo que antes parecía una sonrisa ahora parece un gesto burlón, y lo que parecía un saludo simpático ahora es un acoso odioso, y ellos ya no responden a los saludos, solo caminan intenta alejarse del pueblo.

La escena final es un plano que se va abriendo y los viajeros se alejan en la parte de atrás de una camioneta, rodeados de una familia que les sonríe y ofrece comida y les regala una botella de agua.

Otra familia que nos ayudó en Sumatra
Siempre son más los que ayudan que los oportunistas, con el tiempo lo valoraremos

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4 comentarios

Liliana Gurevich -

muy bien escrito, realmente parece un guión de una película

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nicobonder -

Muchas gracias Lili. Estoy pensando en hacer la secuela 😁

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Bera -

Hola dos!! Jaja,si muy preciso lo que comentas, lo siento,! No se como reaccionaria, es imposiblee

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nicobonder -

Nunca se sabe cómo va a reaccionar uno en esas experiencias, solo hay que vivirlas y superarlas. Besos Bera!

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